sábado, 30 de diciembre de 2017

XI D.

Fuera el huracán acaricia mis oídos mientras mi piel parece hecha de las cuerdas de Django Reindhardt. Swing para mis alas de murciélago desfasado, para mis oídos de pulga. El sol no duele porque está de vacaciones y una mosca perdida se posa en mi pecho, sin saber que su tiempo hace meses que se acabó, quizá como el mío. Carretas y arrastre, dolor de costillas a las 3 de la mañana, nada que no cure darse la vuelta, poner la otra mejilla sobre la almohada, soñar con llanuras abandonadas. Tengo la prisa en las pupilas tatuada, la mochila lista para salir a oscuras antes del alba. Frente al espejo miro mi cara, anudo mis botas sabiendo lo que me espera. El enigma baila desnudo ante mis ojos como cuando me apetece seducir a los espejos, el guerrero está en mis brazos deformes esperando su momento. Estoy reconociéndome después de tanto tiempo, no lamento nada pero tampoco lo celebro. Acepto mis ciclos, al menos lo intento, pero no tengo estómago para parar los truenos. Me recorre lo eléctrico cuando me tiembla el sueño, son mis pestañas que no dejan hueco a nada más que no sea mi reflejo. Me duelen el pecho y los hombros, uno de vivir, otros de ignorarlo, la ausencia se hace músculo sobre mi homoplatos. Y me acaricio como si el amor fuera eso, y quizá lo es, y lo demás es una farsa.

Que toda esta ausencia es mía lo digo bien alto y no me tiembla la voz. Que en vuestras manos estuvo alguna vez, lo reconozco con la boca pequeña. 



VIII D.

Ya no escribo, sólo me miro al espejo y me arreglo el pelo, acaricio mis ojeras, me afilo las uñas y tiemblo. Ya no escribo, hace siglos que espero, que vivir ya no es un reto, que el duelo y los daños me acarician el rostro cuando duermo. Ya no escribo porque dentro de mí hay alguien herido, herido hasta la astilla del hueso, hasta lo más profundo del seso, del beso y del sexo. Ya no escribo y casi que soy paciente, y casi que la misantropía me deja acariciar a la gente, y sonreír tranquila, como si la cosa no fuera conmigo. Pero no escribo  y por tanto estoy sedienta de verdad, de terrores nocturnos y pesadillas, de susurros a escondidas, del diablo en mi oreja. Antes, cuando era yo (una de tantas), había un refugio en cada página, ahora he aprendido a encontrar la brújula en cualquier cielo abierto, pero estoy perdida porque no sé hacia donde quiero ir, porque no sé qué quiero. Lo que antes era tan fácil como decir amor, ahora se divide en etimologías y mitos, se vuelve contexto y se deshumaniza, y ya no sé qué es lo que merece la pena en este destino de porcentajes y probabilidades, la libertad son dos dados trucados y me quedé ciega de tacto para poder adivinarlo. No recurriré al mago, existiendo la bruja, antes la magia que el ilusionismo. No dejaré de nuevo que crezcan barricadas en mi pecho. Sólo deseo ramos de neuronas y letras queriendo unirse en mi cerebro en forma de historia o de poema, paisajes románticos que visitar cuando esté sola en mi habitación, que mis lágrimas llenen tormentas y no gastar pañuelos. Tengo un muro de contención entre el garganta y el pecho, entre el oxígeno y mi cerebro, es invisible y me asfixia y sólo sueño con su derrumbamiento a través de metáforas. Me he quedado fuera de mí misma y, aún sin saber cómo, soy incapaz de dejarme entrar.

La poesía con la que tantas veces me he llenado la boca y el alma ahora me da la espalda y no mira hacia atrás. Cuando me he dado cuenta el corazón se me ha roto y el despecho me ha invadido hasta el hueso, pero lo cierto es que fui yo la que se fue primero, sin mirar atrás, por no desangrarme con su cuchillo, por sobrevivir. Pagué el precio más alto, me corté la mitad del corazón y lo eché a la hoguera en sacrificio y ahora sólo me queda la mitad de la sangre, que  ya no da para tinta ni para tanto. 

No puedo volver atrás, como nadie puede. Como nadie es, siendo todavía. 

Me he perdido en el laberinto del lenguaje tratando de encontrar la palabra exacta para este vacío que no es tal. Los muros cada vez son más altos, más rígidos y más estrechos, y casi no me queda cuerpo con el que alimentar mis ansias. Casi no me quedan ansias con las que alimentar mi vida. Casi no me queda vida con la que escribir.

2017 ha sido un parche, una tirita y algo de antiséptico. Pero la herida está debajo y la infección me está devorando por dentro.

Que nadie me lea si no está dispuesto a sufrir como sufro. Que nadie me lea si no se plantea ni la mitad de las lágrimas que caen cada día en este planeta. Que nadie me lea si no es para llorar o para sentir el llanto.

Me siento estancada, nada  nuevo para mis neuronas ni mis zapatos, nada nuevo para esta cabeza demasiado hambrienta que lleva dos años hibernando. Lo de siempre se disfraza y me entusiasma hasta que se desnuda. No sé si hay algo más.




viernes, 15 de septiembre de 2017

Febrero

La batería bajo mínimo como bajo cero están mis huesos en este febrero que se resigna y se despide. Desde hace un año febrero se llama el diablo y cada noche coge una parte de nuestros sueños como tributo. Febrero se llama el subconsciente que se agazapa en los rincones de la memoria. Febrero el monstruo y el abismo. Febrero el gato de mis cejas, el de mi pubis. Febrero el mantra maldito, el necronomicón. Febrero el espejo.
Pero febrero dice adiós sin siquiera haber saludado antes. Pasa sin pena ni gloria, y no se detiene a admirar las ruinas que dejó su paso, las columnas rotas que levantan nuestras clavículas, el petróleo en las suelas de los pies, la piel sin armadura ni maquillaje.
Febrero se pasea por las habitaciones de mi casa en forma de viento suave, y las lágrimas se agolpan en mis ojos, se suicidan por el barranco de mis pestañas, al menos una vez al día. Es el demonio que ríe tras mi oreja, en no se qué parte de mi sistema nervioso, en nosecuál célula de todas las que soy, en cualquier neurona. Se ríe cada día un poco, y ahora se acaba el festival del recuerdo, de las lúcidas y las oscúridas almas que estamos encadenadas a este mes de desequilibrios mentales.
A bajo cero mis huesos, pero fuera sólo alerta la calima. África y febrero se abrazan mientras abajo es imposible respirar otra cosa que arena del desierto. Las calles rojas y sólidas, ríos de polvo carmín sobre la vida, y febrero, el negro tizón, negro azabache. Febrero noche sin luna se despide sin pena ni gloria, como si no fuésemos ya viejos conocidos, viejos enemigos, viejos amantes. Febrero se despide sin destruir nada a su paso, sin construir, por otra parte, todo aquel decorado en el que habíamos vivido y que se ocupó de destrozar. 
Febrero se va y ni siquiera gira la cabeza para despedirse. 
Febrero quiere irse, pero tiene su cárcel en mis huesos
y aún no lo sabe.
 
 

lunes, 5 de diciembre de 2016

·

Mágica locura que sólo miente
cuando no se decide a romper los espejos.
Dulce tristeza que me acaricia los muslos,
amarga bilis que lubrica mi sexo,
mi cerebro.
Materia gris
como ladrillos dilapidando mi alma,
en carne viva mi carne de verdad.
Saliva que surca mis mejillas,
salada y sucia como mis ojos,
como esta tierra que piso,
como esta tierra que me hace de puente
para ver el mundo en todos sus perfiles,
tierra en mis dedos desgastados
que me pincha con todas sus aristas.
Asfixia de branquias rotas,
monstruo deforme y bello,
ojos de holocausto verbal,
sueño sin colchón,
músculos sin estrenar,
etiquetas intactas.
Sirena sin cola de pez,
sirena sorda y misofónica,
la piel de mis entrañas, neurasténica,
mis escamas de animal nictálope,
sin más alas que la bóveda celeste
y sin más zapatos que un mar embrutecido y ciego.
No hay mentira en mi fuego
y en él pongo la mano y el corazón,
y en él me consumiré,
sola y desquiciada,
un centímetro más cada día
y moriré feliz en mis llamas,
en mis huesos cálidos,
por fin, libre para surcar la noche
y desaparecer, volando,
embriagada en mis propios humos.



lunes, 21 de noviembre de 2016

Los corazones rotos me dan hambre
y busco entre la gente
a aquellos que se desangran
para lamerlos despacito
y que se dejen morder.
Arranco los pedazos y los echo a la lumbre,
barbacoa de amor podrido cada noche.
Olor a carne quemada.
Delicioso olor.
No es maldad ni canibalismo.
Es sed insaciable y ganas de vida,
de savia espesa.
Ahora lloras, pero después
me darás las gracias.
Los corazones rotos me dan sueño,
me mecen sin saberlo apenas,
me dejan flotando entre los brazos de Morfeo,
se hacen sábana sobre mi piel, me abrigan.
Yo los abrazo primero
y luego me hago un colchón con su carne
para el eterno descanso de los huesos
de mis amores perdidos, de su cáscara rota.
No es maldad, lo juro.
Son siglos de insomnio como columnas corintias
sosteniendo mis párpados,
pintando de noche mis ojeras.
Primero lloro, luego duermo.
Después te daré las gracias.
Los corazones rotos me hacen cosquillas
y juegan entre mi esqueleto
a ver quien se esconde mejor.
Se hacen raíces en mis costillas
dolor en mis sienes,
cuero en las plantas de mis pies.
Pero gano yo, por jugar en casa.
Y al moverme los noto,
un espasmo tras otro,
una sonrisa sangrienta en el rostro
del espejo.
No es maldad, no me juzgues.
Hace mucho que nadie
juega al escondite en mis tendones.
Hace mucho que no me retuerzo por la noche,
buscando poesía en los muelles del colchón.
No te doy las gracias,
no me lo agradezcas.
Los corazones rotos me llenan las venas de sangre ajena,
transfusión maldita del que no quiere regalar ni sus sobras,
agua añorada en los muslos de la que se ha quedado vacía
de tanto dar.
Los corazones rotos me activan
me dan ganas de llorar hasta reírme,
de romperme a carcajadas la caja torácica
y bailar sobre mil tumbas,
sobre la mía propia,
mientras el resto escupen sus flemas
sobre mi epitafio.
No es maldad, ni ganas de muerte.
Es la vida aullando,
sincera y sin trampas,
en los pulmones
podridos del mundo.



domingo, 13 de noviembre de 2016

No puedo escribir cuando el grafito se emborrona en mis pestañas y me ciega. No puedo escribir si tengo los huesos aplastados bajo el piano, bajo el avión que interrumpe con su zumbido las canciones con las que juegan mis dedos en la guitarra. No puedo escribir mientras los tubos de escape crecen a miles en mi pecho y por dentro soy casi carbón o casi fósil, cuando por dentro casi soy. No puedo escribir si no hay silencio a mi alrededor, si no me dejan escuchar a mis entrañas. No puedo escribir a la vez que me doblo y caigo al suelo exhausta, a la vez que intento espantar al resto para que no me levante, a la vez que intento abrazarme a través de tantas manos que no son mías, que me asfixian para que vuelva a respirar, aunque no quiera. No puedo escribir porque al entrar al refugio las arañas se esconden en vez de venir a saludar, el demonio ya no quiere charlar conmigo, ya no le gusto, me ataca en sueños para vengarse, como tantas veces hicieron tantos. Ya no puedo escribir y suenan portazos en mi cabeza cada vez que me giro hacia atrás, cada vez que se rompen mis rodillas en un amago de la estatua de sal que casi visteis deshacerse, pero escribo. Porque no puedo escribir pero las letras me arañan por dentro como la misma vida, ellas me mueven las cadenas y me dicen "no te creas tan libre, no eres dueña más que de esta piel hecha jirones, no eres dueña más que de este cachito de universo que nadie entiende, en el que todos han metido mano". Tintinean mis uñas frente al techo, intento romper cristales que se disuelven ante mis ojos, que se convierten en ácido, que se llevan con ellos el decorado. Me siento como un animal agazapado en el vientre de su madre muerta, descomponiéndose con ella sin saberlo, pensando sin pensar "¿todo este dolor es la vida?".

sábado, 12 de noviembre de 2016

-

No quiero nada de lo que podáis ofrecerme a no ser que sea un cigarro o un pellizquito de anestesia en forma de droga dura. No quiero vuestros sueños, ni vuestras ganas de vivir, a pesar de que las mías ya se estén gastando. No quiero vuestros ojos, ni vuestras manos, ni vuestras lenguas, ni vuestras letras. No quiero vuestra puta poesía, vuestras promesas de lugares lejanos, vuestros besos tiernos o lascivos, mentirosos. No quiero vuestra máscara ni vuestra piel en carne viva, ni el olor de vuestra ropa, ni el sabor de vuestro sexo, ni siquiera el tacto de vuestra lengua en el mío. No quiero vuestro llanto, mucho menos vuestra risa, ni vuestras dudas, ni vuestras asquerosas certezas sobre las cuales sólo me dan ganas de escupir mis flemas, sin duda más reales y más puras que cualquiera de vuestros argumentos. No quiero vuestros consejos, vuestra rabia o vuestra simpatía. No quiero vuestros discursos rancios, vuestros dientes lustrosos, vuestra lujuria caduca. No quiero vuestra falsa esquizofrenia, vuestra ansia de enfermedad mental para venderos al mundo, no quiero vuestro anuncio con falsa sonrisa rebelde para cautivar a la millarda. No quiero vuestra atención, no quiero vuestro desprecio. No me interesa vuestro odio, mucho menos vuestro amor, si es que podéis llamar amor a algo que no sea chuparse la sangre a ver quien se llena más del otro. No quiero vuestra sangre limpia de grenórcula, que la diosa (es decir yo) me libre de ella y de su brillo impoluto. Me importa un carajo que os tintéis la mirada de azul cada mañana, me importa aún menos si no es tinte sino lágrimas. A mí no me vengáis a llorar, a mí no queráis hacerme reír, a mí no queráis amarme. No os devolveré más que vacío, que es, a base de tragarme todas y cada una de vuestras semillas, lo único que me crece dentro.