lunes, 5 de diciembre de 2016

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Mágica locura que sólo miente
cuando no se decide a romper los espejos.
Dulce tristeza que me acaricia los muslos,
amarga bilis que lubrica mi sexo,
mi cerebro.
Materia gris
como ladrillos dilapidando mi alma,
en carne viva mi carne de verdad.
Saliva que surca mis mejillas,
salada y sucia como mis ojos,
como esta tierra que piso,
como esta tierra que me hace de puente
para ver el mundo en todos sus perfiles,
tierra en mis dedos desgastados
que me pincha con todas sus aristas.
Asfixia de branquias rotas,
monstruo deforme y bello,
ojos de holocausto verbal,
sueño sin colchón,
músculos sin estrenar,
etiquetas intactas.
Sirena sin cola de pez,
sirena sorda y misofónica,
la piel de mis entrañas, neurasténica,
mis escamas de animal nictálope,
sin más alas que la bóveda celeste
y sin más zapatos que un mar embrutecido y ciego.
No hay mentira en mi fuego
y en él pongo la mano y el corazón,
y en él me consumiré,
sola y desquiciada,
un centímetro más cada día
y moriré feliz en mis llamas,
en mis huesos cálidos,
por fin, libre para surcar la noche
y desaparecer, volando,
embriagada en mis propios humos.



lunes, 21 de noviembre de 2016

Los corazones rotos me dan hambre
y busco entre la gente
a aquellos que se desangran
para lamerlos despacito
y que se dejen morder.
Arranco los pedazos y los echo a la lumbre,
barbacoa de amor podrido cada noche.
Olor a carne quemada.
Delicioso olor.
No es maldad ni canibalismo.
Es sed insaciable y ganas de vida,
de savia espesa.
Ahora lloras, pero después
me darás las gracias.
Los corazones rotos me dan sueño,
me mecen sin saberlo apenas,
me dejan flotando entre los brazos de Morfeo,
se hacen sábana sobre mi piel, me abrigan.
Yo los abrazo primero
y luego me hago un colchón con su carne
para el eterno descanso de los huesos
de mis amores perdidos, de su cáscara rota.
No es maldad, lo juro.
Son siglos de insomnio como columnas corintias
sosteniendo mis párpados,
pintando de noche mis ojeras.
Primero lloro, luego duermo.
Después te daré las gracias.
Los corazones rotos me hacen cosquillas
y juegan entre mi esqueleto
a ver quien se esconde mejor.
Se hacen raíces en mis costillas
dolor en mis sienes,
cuero en las plantas de mis pies.
Pero gano yo, por jugar en casa.
Y al moverme los noto,
un espasmo tras otro,
una sonrisa sangrienta en el rostro
del espejo.
No es maldad, no me juzgues.
Hace mucho que nadie
juega al escondite en mis tendones.
Hace mucho que no me retuerzo por la noche,
buscando poesía en los muelles del colchón.
No te doy las gracias,
no me lo agradezcas.
Los corazones rotos me llenan las venas de sangre ajena,
transfusión maldita del que no quiere regalar ni sus sobras,
agua añorada en los muslos de la que se ha quedado vacía
de tanto dar.
Los corazones rotos me activan
me dan ganas de llorar hasta reírme,
de romperme a carcajadas la caja torácica
y bailar sobre mil tumbas,
sobre la mía propia,
mientras el resto escupen sus flemas
sobre mi epitafio.
No es maldad, ni ganas de muerte.
Es la vida aullando,
sincera y sin trampas,
en los pulmones
podridos del mundo.



domingo, 13 de noviembre de 2016

No puedo escribir cuando el grafito se emborrona en mis pestañas y me ciega. No puedo escribir si tengo los huesos aplastados bajo el piano, bajo el avión que interrumpe con su zumbido las canciones con las que juegan mis dedos en la guitarra. No puedo escribir mientras los tubos de escape crecen a miles en mi pecho y por dentro soy casi carbón o casi fósil, cuando por dentro casi soy. No puedo escribir si no hay silencio a mi alrededor, si no me dejan escuchar a mis entrañas. No puedo escribir a la vez que me doblo y caigo al suelo exhausta, a la vez que intento espantar al resto para que no me levante, a la vez que intento abrazarme a través de tantas manos que no son mías, que me asfixian para que vuelva a respirar, aunque no quiera. No puedo escribir porque al entrar al refugio las arañas se esconden en vez de venir a saludar, el demonio ya no quiere charlar conmigo, ya no le gusto, me ataca en sueños para vengarse, como tantas veces hicieron tantos. Ya no puedo escribir y suenan portazos en mi cabeza cada vez que me giro hacia atrás, cada vez que se rompen mis rodillas en un amago de la estatua de sal que casi visteis deshacerse, pero escribo. Porque no puedo escribir pero las letras me arañan por dentro como la misma vida, ellas me mueven las cadenas y me dicen "no te creas tan libre, no eres dueña más que de esta piel hecha jirones, no eres dueña más que de este cachito de universo que nadie entiende, en el que todos han metido mano". Tintinean mis uñas frente al techo, intento romper cristales que se disuelven ante mis ojos, que se convierten en ácido, que se llevan con ellos el decorado. Me siento como un animal agazapado en el vientre de su madre muerta, descomponiéndose con ella sin saberlo, pensando sin pensar "¿todo este dolor es la vida?".

sábado, 12 de noviembre de 2016

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No quiero nada de lo que podáis ofrecerme a no ser que sea un cigarro o un pellizquito de anestesia en forma de droga dura. No quiero vuestros sueños, ni vuestras ganas de vivir, a pesar de que las mías ya se estén gastando. No quiero vuestros ojos, ni vuestras manos, ni vuestras lenguas, ni vuestras letras. No quiero vuestra puta poesía, vuestras promesas de lugares lejanos, vuestros besos tiernos o lascivos, mentirosos. No quiero vuestra máscara ni vuestra piel en carne viva, ni el olor de vuestra ropa, ni el sabor de vuestro sexo, ni siquiera el tacto de vuestra lengua en el mío. No quiero vuestro llanto, mucho menos vuestra risa, ni vuestras dudas, ni vuestras asquerosas certezas sobre las cuales sólo me dan ganas de escupir mis flemas, sin duda más reales y más puras que cualquiera de vuestros argumentos. No quiero vuestros consejos, vuestra rabia o vuestra simpatía. No quiero vuestros discursos rancios, vuestros dientes lustrosos, vuestra lujuria caduca. No quiero vuestra falsa esquizofrenia, vuestra ansia de enfermedad mental para venderos al mundo, no quiero vuestro anuncio con falsa sonrisa rebelde para cautivar a la millarda. No quiero vuestra atención, no quiero vuestro desprecio. No me interesa vuestro odio, mucho menos vuestro amor, si es que podéis llamar amor a algo que no sea chuparse la sangre a ver quien se llena más del otro. No quiero vuestra sangre limpia de grenórcula, que la diosa (es decir yo) me libre de ella y de su brillo impoluto. Me importa un carajo que os tintéis la mirada de azul cada mañana, me importa aún menos si no es tinte sino lágrimas. A mí no me vengáis a llorar, a mí no queráis hacerme reír, a mí no queráis amarme. No os devolveré más que vacío, que es, a base de tragarme todas y cada una de vuestras semillas, lo único que me crece dentro.


viernes, 9 de septiembre de 2016

De cuando me enfrenté al dragón cara a cara y por más que quiso no pudo quemarme

Al desprecio se le paga en risas, al desamor en ironía. A las carencias, atracones de opuestos. A las lágrimas, alcohol, hilo y aguja. A los sueños rotos se los ahoga porque no pueden repararse. A la hipocresía sólo podemos matarla con el cuchillo en la mirada. A los cuellos rotos, a los pechos rotos, a la fe, no le damos de comer sino sobras. Pero ahí está la trampa. Siempre tienen hambre y nunca mejoran. Mejor la inanición a la vida por supervivencia o por piedad. Mejor la muerte que la lástima.



sábado, 13 de agosto de 2016

Fue en el año de mis 22 cuando ya no veíamos las orejas si no las fauces y la saliva hambrienta nos caía desde arriba, nos empapaba la ropa. Fue quizá el momento oportuno para decirle a la vida "Hey, esta es mi parada, gracias". Y haberle dado una patada al bajar dejando claras las intenciones. En lugar de eso estábamos dentro pasándonos un cigarro entre muchxs, esperando que eso que empezábamos a tocar no fuese el tope del decorado. Nos vestíamos por dentro de humo, nos ahogábamos, nos mentíamos con la química y el paisaje volaba, como volaba el tiempo sin saberlo a través de nuestros sentidos dopados, y sonreíamos. Quizá esa fue la ultima oportunidad de bajarnos y quedar a salvo, y no quedar. Ni enteras ni hechas trizas. Pero seguimos adelante y llegaron los 23 como 23 cuchillos. Y febrero se tornó fuego en mitad de una tormenta de lágrimas, en nuestras gargantas secas. Llegaron los 23 y toda decoración se esfumó, se derritió entre nuestros dedos. Ya la vida era un desierto, no había nada que beber, sólo acercar la boca a la almohada empapada cada noche. Y a base de eso sobrevivimos como se sobrevive a una catástrofe natural, en los huesos y a pasitos cortos. La cama como santuario, sólo la nuestra, la de cada unx. Una manada herida hasta los ojos que nos limpiábamos unxs a otrxs, a lametones. Y aún este 2016 maldito se nos aparece en los sueños, en las pesadillas. Aún no ha cerrado la puerta, aún están las llaves sobre el mueble de la entrada y hay sombras que se cuelan por los resquicios de las ventanas, La vida nos puso a prueba y nos quedamos en nada, en ausencia, en blanco-sorolla sin el resto del cuadro. Y poco a poco llegaron los pigmentos, no, los buscamos. El primero el rojo, por toda la rabia y el dolor, por toda la sangre, la nuestra y la de los nuestros, la nuestra y la de todxs. Y ya el resto fue ir rebuscándonos en los bolsillos del alma. Poco a poco empezamos a entender que no sirve de nada llorar si no te llenas las uñas de tierra por sacarte del ataúd, por sacar quien está más abajo. De nada sirve llorar si no dejas que te crezcan las polillas en los labios, si no las dejas que vuelen. La sorpresa y el cuchillo, la traición y la locura, la sociedad y el mundo burlándose de nosotrxs y de nuestros idealismos, mientras nuestras nuestros dedos se enfurecían y estábamos roncas al levantarnos al día siguiente, de tanto sacar a gritos eso a lo que nos aconsejan hacer oídos sordos. Poco a poco pasar de ser ausencia a ser vacío, a entender que el vacío no existe, a ser excedente o insuficiencia, a ser sobras de otrxs. Poco a poco a no ser casi, para poder ser de verdad, y romper los espejos solo por volver a darles forma. Y después seguir, seguir andando, seguir rompiendo cuerdas, lenguajes, ideas, máscaras, tímpanos. Seguir mirando farolas, y que sean ellas las que se acercan a nuestros ojos. Y abrirlos bien, junto con la mente, junto con las alas. Después de todo, después de tanto, sobrevivir nos viene implícito en nuestras células famélicas y las ganas que arden en nuestro estómago le contestan a la muerte "Hoy no. Y mañana, con suerte, tampoco".


martes, 14 de junio de 2016

La soga o el salvavidas

La poesía no es otra cosa que un niño triste mirando un columpio bajo la lluvia, el óxido comiéndose las cadenas, la incomprensión de la brutalidad natural en cada bocado que da el león al cuello del ciervo. Son las tripas del mundo, también sus pulmones, nos rodea como el aire, nos arropa y después, sin miramientos, nos hace la zancadilla. La poesía es el asfalto en tu boca después de un golpe, un beso en una herida abierta, una infección incurable que no se ve a simple vista pero duele, pero huele. La poesía a veces no es nada y no sale en los telediarios, y a veces es cualquier lágrima resbalando valiente por una mejilla que no se quiere proteger. La poesía es el paracaídas en este mundo, en el que nada más nacer nos obligan a saltar por las ventanas de los rascacielos. Es una máscara sincera, si es que acaso eso existe. Es la melancolía de todo lo que sabemos bello y ruin, de todo lo que se pudre y está en decadencia, de todo lo que crece a partir de eso. De todo. La poesía es un arma con la que herir y herirse, con la que dibujar sonrisas sangrientas rajando las comisuras de la boca. No es otra cosa que una mentira infame que nos escupe la realidad ante el espejo. Un infinito de paradojas, un intento de hacer de la palabra algo de verdad útil para esto que somos y que nadie nos enseña a tragar. A pesar de esto, y por encima de todo la poesía es el suicidio del que no quiere morir y a la vez el instinto de supervivencia del que quiere suicidarse.